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lunes, 26 de agosto de 2013

Suspiros...

La mirada melancólica de un joven, triste y solo, se refleja en la ventana, salpicada por la lluvia incesante que inundan el atardecer .El sol se asoma a lo lejos, escondido tras los temibles nubarrones. A pesar de ello, todo está tranquilo. Ni un solo niño juega bajo la lluvia, burlando las normas establecidas por el orfanato. La baja temperatura hiela las gotas mientras estas se precipitan al final de su corta existencia. Un suspiro inunda la pequeña y oscura habitación, solo iluminada por una tímida y cálida lámpara sobre una mesilla repleta de libros marcados por el uso. Ángel observa la única foto que conserva de sus padres y derrama una lágrima que corre por su mejilla. “¿Por qué?” Piensa “¿Por qué la vida se lleva a las personas que más te importan?”. Cierra los ojos e intenta recordar la voz de su madre, más lágrimas caen, se odia así mismo por no ser capaz de recordarla. En su mente se agolpan imágenes confusas del accidente: una luz ilumina la luna del coche, recuerda los gritos de su madre, el volantazo de su padre; después el sonido de una sirena que le produce un molesto pitido en los oídos y silencio. Un silencio doloroso. Abre los ojos y se seca rápidamente las mejillas, mojadas por la añoranza que le invade. Solo le quedan tres meses para cumplir los dieciocho y no tiene ni idea de lo que va a hacer. No tiene a nadie, ni un solo familiar que pueda ayudarle y no sabe como va a poder seguir adelante con su vida, fuera del orfanato. Deja la foto delicadamente sobre el escritorio como si fuera la figura más frágil y valiosa que una persona pueda tener.Se levanta de la cama y entra en el baño. Se mira en el espejo, ha cambiado mucho, la infancia que mostraban sus rasgos tres años atrás ha desaparecido por completo, dejando a su vez unos más marcados y maduros. La ilusión que iluminaba su mirada se mostraba ahora inexistente, sus bonitos ojos castaños reflejaban ahora una tristeza y una frialdad poco común en un joven de diecisiete años. Se revuelve el pelo oscuro, se quita la camiseta y poco a poco se va desnudando. Entra en la ducha y deja que el agua deje lentamente su mente en blanco, los finos y delicados hilos de agua caen sobre su corta cabellera mojándola a su paso y descienden inexorablemente buscando su pecho. Cierra los ojos y aprieta los puños, los músculos de sus brazos se tensan. Abre los ojos. Cierra el grifo y sale de la ducha cogiendo a su vez una toalla ruda y hostil que reposa sobre un taburete. Se viste de nuevo, esta vez dejando su torso desnudo, sale del cuarto de baño cerrando la puerta a su espalda. No ha bajado a cenar, ni tiene pensado hacerlo. Se tumba en la cama, cierra los ojos e irremediablemente el sueño le invade.

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