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jueves, 14 de agosto de 2014

A ti…





Te echo de menos, a cada instante. En cada uno de los amaneceres que contemplo despierto, asomado a la ventana. Esperando que al girarme sigas ahí, dormida abrazada a la almohada como hacías siempre.
Echo de menos cada mañana en la que me despertabas con un susurro y un mar de caricias…
Contemplo el despertador por milésima vez, deseando que llegue la hora de levantarme, de tener algo en lo que concentrarme  y mantenerme ocupado. Me levanto descalzo y me arrastro hasta el baño. Prefiero no mirarme siquiera al espejo, tengo miedo de ver una vez más ese vacío tras de mí y no sentirte corriendo de un lado para otro, arreglándote para ir a trabajar. Me lavo la cara y me mojo la nuca intentando dejar la mente en blanco, pero al levantar la vista estoy solo. Bajo mis ojos unas grandes manchas grises me delatan, la falta de horas de sueño es imposible de ocultar.
Salgo del baño y recorro el estrecho pasillo, sigue sin pintar. Te lo prometí, esa misma semana; te dije que lo pintaría como tú querías, color limón. Te recordaba al sol y pensabas que hasta los días más oscuros serían soleados con ese color. Hoy mismo la compraré y cumpliré  mi promesa.
Entro en la habitación, el techo cubierto de estrellas débilmente lo ilumina. Me acerco a la cuna y no puedo evitar recordar la noche en vela que pasé intentando montarla. Desesperado por no entender instrucciones que ni el más genio de los ingenieros comprendería.
Y allí está nuestra pequeña, acurrucada junto a un peluche que abulta más que ella.
 Podría estar horas mirándola, viéndola soñar en su diminuto mundo. Los ojos se me cierran constantemente, pero basta una sola fracción de segundo para pensar las consecuencias de alcanzar el sueño, y abrirlos de nuevo.
El tiempo pasa y por más que me esfuerzo me cuesta un mundo sacarte de mi cabeza, y cuando creo que lo he conseguido me encuentro de nuevo recordándote.
Las palabras del doctor en cada visita médica se agolpan en mi mente: “embarazo de riesgo”, “peligro para el bebé y  para la madre”, todavía al pensarlas noto tu mano apretando la mía y siento el miedo que inundaba tus ojos.
Los primeros meses fueron difíciles y a pesar de  todo quisiste seguir adelante, y consciente de lo que ello suponía ambos albergábamos la esperanza de que todo saliera bien.
Un tímido rayo de luz se filtra tras las cortinas e ilumina su diminuta cara de piel blanca y fina. Y como si sintiera mi mirada abre los ojos. Son tus ojos, cariño. Al mirarla te veo a ti.  Tiene tu mirada y tu sonrisa y nadie puede negar que sea hija tuya.  Las manos y la nariz son como los míos. Prácticamente no llora y cuando le mordisqueas su pequeño cuello balbucea algo incomprensible, y se ríe.
Tengo miedo, de no saber hacer esto. De quedarme estancado en un punto sin saber cómo educar a nuestra hija. Tengo miedo de meter la pata, perderla cuando tenga cinco años y juegue en los columpios o paseemos por un centro comercial. Tengo miedo de que se ponga enferma y no saber que hacer cuando llore y necesite a su mamá.
En el momento en el que te fuiste supe que esto sería muy difícil y que tener que cambiar pañales tan sólo sería el principio. Tengo que interpretar dos papeles en vez de uno. Tengo que ser el padre, y no me sé el guión. Pero además tengo que hacer de madre y comprarle vestidos, aconsejarla cuando crezca, esté en la adolescencia y cuando se haga mayor.
Tengo miedo de no ser suficiente, y sé que ni de lejos lograré jamás hacer todo lo que habrías hecho tú.
Me imagino cómo serían nuestras vacaciones y la estampa al veros juntas contándoos secretos y abrazadas madre e hija.
Soy consciente de que esto no podrá hacerse realidad. De que no conocerá a su madre en esta vida y te añorará.
Por eso le hablaré de ti cada día, le contaré como eras, como pensabas y opinabas. Le relataré cada una de nuestras anécdotas  y nuestra historia como un libro sin punto y final. Le enseñaré todas tus fotos  y contestaré a las preguntas que le surjan, por muy difíciles que sean.
Le enseñaré el lugar donde estás ahora y le prometeré que algún día muy lejano te conocerá. Porque sé que allí estarás esperando, vestida con tu sonrisa que te convierte en la mujer inalcanzable por la que luché y lucho cada día.
Seguiré adelante cueste lo que cueste. Ahora mismo no me crees. Resulto poco convincente con la mirada perdida y las lágrimas asomando en mis ojos, pero lo haré. Esta época de duelo me hará acostumbrarte a no tenerte físicamente, a no poder abrazarte, tocarte y besarte. Pero siempre podré hablarte  y demostrarte que te quiero. Continuaré avanzado por este camino colmado de piedras, por nuestra pequeña, por ti, por mí, por nosotros.
Haré que nuestra hija sea feliz a pesar de las dificultades y la situación.
Y cuando crea que no puedo más, que la caída es demasiado alta, miraré al cielo y a  la luna y te veré a ti.

Y viviré, viviremos. Por nuestra pequeña, por ti, por mi. Por nosotros.

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