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martes, 21 de julio de 2015

El duende de Zaragoza: segunda parte



Durante los días siguientes me siento de todo menos protegida. Revisan cada uno de los más diminutos y  recónditos  lugares del edificio, cortan los cables de la radio  y registran cada casa. Pero nada absolutamente nada consiguieron encontrar.
Tuvimos que abandonar la casa,  y el edificio quedo totalmente vigilado las veinticuatro horas del día. Se nos prohibió el acceso  hasta próximo aviso. Nada más salir por la puerta pudimos escuchar una vez más la voz de ultratumba retumbar por las paredes de los pasillos, “adiós, adiós…”
Por una vez pensé que podría dormir tranquila aquella noche, lejos de esa voz que me hacia temblar descontroladamente y que me desvelaba. Pero fueron a buscarme. Pensaban que yo tenía algo que ver con lo ocurrido, los forenses me examinaron, me interrogaron y les escuche decir que consideraban la posibilidad de que fuera víctima de una ventriloquia inconsciente. Poco tiempo después lo descartaron y pude respirar tranquila. Poco a poco la información sobre el suceso fue siendo cada vez más escasa, solo muy de vez en cuando se oía a alguien contar alguna novedad. También es cierto que no siempre todo lo que llegaba a mis oídos era cierto, de hecho en muchas ocasiones se trataba de mentiras de magnitudes desproporcionadas incluso para este tema tan particular, sin duda paranormal.
Escuché incluso que llegó al periódico Time y me resultó bastante sorprendente.
Llegó noviembre y con él novedades, tras días sin volverse a escuchar la voz de ultratumba, ésta decidió volver a las andadas gritando “he vuelto, ¡cobardes!, ¡cobardes!” los guardias se quedaron sin aliento y no volvieron a entrar en el edificio hasta que apareció una médium que creía conocer la forma de acabar con el misterio. La mujer se concentró en contactar con el fantasma, pero sufrió un colapso, surgió de su boca un susurro con voz varonil y murió.
Jamás logró averiguarse de dónde exactamente  procedía, con el tiempo dejó de escucharse y los curiosos que se acercaron durante meses fueron reduciéndose considerablemente.
Para mi esta historia un tanto tétrica ha tenido un significado especial, ya que me tocó de cerca.  No hay zaragozano que no haya hecho eco de este  siniestro acontecimiento.

En la actualidad el edificio ha cambiado su nombre y se llama "Duende",  ¿seguirá dando la bienvenida a los visitantes hoy en día?

viernes, 10 de julio de 2015

El duende de Zaragoza: primera parte.




El sol, tímido, aún no se atreve a asomarse a lo lejos, Zaragoza duerme una fría noche de septiembre y yo trato de no despertarme y continuar inmersa en mi sueño. Parecía una noche más, una noche tranquila en la que los conflictos que nos acercan a una guerra civil parecen calmarse e incluso desaparecer. Me equivoqué, no fue una noche más; fue el inicio de una pesadilla de la que pensé que no despertaría jamás.

Una risa siniestra hace estremecerme, siento como todo mi cuerpo se ve envuelto en un  escalofrío y me incorporo en la cama asustada, son las seis y media de la mañana y oigo como la señora Isabel se levanta y corre por el pasillo. No es la única, nuestros vecinos también lo han oído  e imagino que sus caras se asemejan a la que yo misma debo de tener.

Después de revisar completamente el inmueble, no encontramos nada, las risas cesan y todos decidimos volver a nuestras casas, escondernos bajo las sábanas  y convencernos de que solo fue un sueño. Lo intento, pero, soy incapaz de dormir de nuevo.



Por la mañana, mientras sirvo el desayuno, todos permanecen callados, evitan el tema aunque en el fondo  quieren hablar de ello. Se resisten.

Hago mis labores habituales empezando por las camas y continúo con el resto de la casa. Mi dispongo a entrar en la cocina y limpiar el hornillo, cuando oigo quejidos: “¡Ay, ay!” dejo de limpiar y no vuelvo a oír una queja hasta que cojo de nuevo el estropajo… “¡Me haces daño!”, intento averiguar de donde procede la voz, pero no lo consigo. Cojo un vaso de la alacena, me acerco al grifo y lo lleno de agua a la mitad, doy un trago. “María, ven…” Me estremezco al escuchar en un susurro de nuevo y agarro el vaso con mayor fuerza para evitar que acabe hecho añicos en el suelo.

Apago las luces dispuesta salir de allí lo más rápido posible. “Luz, que no veo”. No consigo evitar un nuevo estremecimiento, corro hacia el comedor donde la señora Isabel cose  sentada en su butaca. Le cuento lo ocurrido y por un instante veo en su cara la incredulidad y la extrañeza, se levanta y me acompaña a la cocina. Nada mas entrar la voz vuelve a retumbar por toda la cocina: “Me haces daño…”

-Pascuala, ¿cuánto tiempo llevas escuchando esto?- la señora Isabel me mira asustada y me cuesta responder. Nuestras respiraciones entrecortadas se ven interrumpidas por una risa lo suficientemente poderosa como para hacernos sentir pequeñas.

-Hace un momento, la escuché, se quejaba mientras estaba limpiando el hornillo. Me gritó que le estaba haciendo daño como ahora. No sé que es señora.

-Voy a llamar a la policía.- la señora sale de la cocina y yo la sigo, lo que menos me apetece es estar sola allí.
                                           +++++++++++
Por Juan Hernández
                                           

miércoles, 8 de julio de 2015

A día de hoy la cantidad de misterios y leyendas con las que cuenta nuestra sociedad son inumerables, pero no suelen ser contadas en primera persona. Siempre me han gustado los misterios  e investigar sobre ellos, descubrir hasta donde puede llegar el ser humano y los límites de lo paranormal.
Viajar hasta esos recónditos lugares donde se esconden fantasmas, duendes y caballeros que vagan sin rumbo fijo. 
La lectura de estos sucesos es lo que nos permite acercarnos más a sentir lo que sintieron los protagonistas de todas las historias. ¿Por qué no convertirnos en protagonistas aunque solo sea en nuestra imaginación?