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viernes, 10 de julio de 2015

El duende de Zaragoza: primera parte.




El sol, tímido, aún no se atreve a asomarse a lo lejos, Zaragoza duerme una fría noche de septiembre y yo trato de no despertarme y continuar inmersa en mi sueño. Parecía una noche más, una noche tranquila en la que los conflictos que nos acercan a una guerra civil parecen calmarse e incluso desaparecer. Me equivoqué, no fue una noche más; fue el inicio de una pesadilla de la que pensé que no despertaría jamás.

Una risa siniestra hace estremecerme, siento como todo mi cuerpo se ve envuelto en un  escalofrío y me incorporo en la cama asustada, son las seis y media de la mañana y oigo como la señora Isabel se levanta y corre por el pasillo. No es la única, nuestros vecinos también lo han oído  e imagino que sus caras se asemejan a la que yo misma debo de tener.

Después de revisar completamente el inmueble, no encontramos nada, las risas cesan y todos decidimos volver a nuestras casas, escondernos bajo las sábanas  y convencernos de que solo fue un sueño. Lo intento, pero, soy incapaz de dormir de nuevo.



Por la mañana, mientras sirvo el desayuno, todos permanecen callados, evitan el tema aunque en el fondo  quieren hablar de ello. Se resisten.

Hago mis labores habituales empezando por las camas y continúo con el resto de la casa. Mi dispongo a entrar en la cocina y limpiar el hornillo, cuando oigo quejidos: “¡Ay, ay!” dejo de limpiar y no vuelvo a oír una queja hasta que cojo de nuevo el estropajo… “¡Me haces daño!”, intento averiguar de donde procede la voz, pero no lo consigo. Cojo un vaso de la alacena, me acerco al grifo y lo lleno de agua a la mitad, doy un trago. “María, ven…” Me estremezco al escuchar en un susurro de nuevo y agarro el vaso con mayor fuerza para evitar que acabe hecho añicos en el suelo.

Apago las luces dispuesta salir de allí lo más rápido posible. “Luz, que no veo”. No consigo evitar un nuevo estremecimiento, corro hacia el comedor donde la señora Isabel cose  sentada en su butaca. Le cuento lo ocurrido y por un instante veo en su cara la incredulidad y la extrañeza, se levanta y me acompaña a la cocina. Nada mas entrar la voz vuelve a retumbar por toda la cocina: “Me haces daño…”

-Pascuala, ¿cuánto tiempo llevas escuchando esto?- la señora Isabel me mira asustada y me cuesta responder. Nuestras respiraciones entrecortadas se ven interrumpidas por una risa lo suficientemente poderosa como para hacernos sentir pequeñas.

-Hace un momento, la escuché, se quejaba mientras estaba limpiando el hornillo. Me gritó que le estaba haciendo daño como ahora. No sé que es señora.

-Voy a llamar a la policía.- la señora sale de la cocina y yo la sigo, lo que menos me apetece es estar sola allí.
                                           +++++++++++
Por Juan Hernández
                                           

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